¡Qué tristeza!

¡Que mal sabor de boca!

Recuerdo que cuando las hijas eran pequeñas y viajábamos a visitar a los abuelos, su madre y yo, antes de llegar, repasábamos con ellas el comportamiento que habrían de observar con sus abuelos.

Para que fueran correctas y amables, para que les dieran un beso cuando se los pidiesen, para que contestasen, obedeciesen, no enredasen más de la cuenta, escucharan y tratasen de complacerles … porque los abuelos “les querían mucho” y “se habían sacrificado mucho y ahora eran mayores”, por lo que había que ser muy amables con ellos.

Naturalmente mis hijas supieron comportarse en todas sus visitas familiares, convirtiéndose en unas nietas muy cariñosas y queridas por sus abuelos.

Esta tarde, tomando café una escena que la voy viendo con más frecuencia de lo que quisiera, en sus distintas pero similares variedades.

Resulta que cerca de mí se encontraba una persona mayor, seguramente un abuelo, tomando un café, cuando se ha acercado un adulto con una niña de unos siete años. He creído que el adulto era el hijo del señor mayor y la niña, entonces, la nieta.

Han estado charlando un poco hasta que el adulto se ha despedido de su padre. Entonces la niña ha echado a andar, alejándose, sin despedirse, cuando el anciano ha levantado la voz para decir : “¡Adiós Marita!”. Naturalmente la niña ha seguido andando sin volverse siquiera. El padre entonces también la ha dicho en voz alta: ¡”Te han dicho adiós”!.

La niña, muy airosa, ha seguido como si nada. Entonces el hombre mayor ha dicho: “No importa”. Y el adulto ha hecho un gesto como de impotencia y ha seguido tras su hija.

Por descontado que ni la ha mandado detenerse, ni la ha obligado a que se volviera a despedirse. Sencillamente el asunto se ha liquidado de esa manera tan poco ¿educada?.

Y nada se ha trastabillado, y nada se ha intentado corregir, y nada se le ha hecho ver a la niña … ¡tan mal educada, tan poco considerada!.

Y uno se ha quedado muy triste.

Y uno no sabe si merecemos tales espectáculos. ¡Qué hemos hecho tan mal!.

La escuela de Barbiana

“Nos pagan para enseñar a los últimos”. Lorenzo Milani

Desde los Apeninos Bajos, adónde aún hoy en día es preciso acceder en helicóptero; en el confín del mundo “civilizado”, en una escuela de todos y para todos, en una escuela que era un destino indeseable, en una escuela en la que se “evaporaban” los alumnos que fracasaban, que dejaban de asistir a clase, dejando de “existir”, en el olvido cruel e inconsolable de quienes no llegan a nada … en la escuela. Sólo a fracasar estrepitosamente.
“Lo principal que aprenden los niños en la escuela es a estar sentados”. Kant
Y sigue la escuela abandonando a sus alumnos peores, a quienes no saben comportarse según los cánones del buen alumno.
Alguien decía que dar clase a buenos alumnos es muy fácil. Se puede salir a la calle, elegir a cualquiera e indicarle que se atenga al “libro solucionario”. Al margen de lo singulares que puedan ser los alumnos a quienes se refiera el mensaje, la lección, …, perfectamente expresadas en la lección que corresponda, con la explicación debida, los ejercicios al efecto y el examen prefabricado para evaluar, númericamente, y a otra cosa, es decir a la lección siguiente.
También me comentaba cuál es el auténtico intríngulis de la Escuela de primaria, y que consiste en “sorprender” a los alumnos con unos conocimientos “nuevos”, que nadie espera, sujetos a la lección que toca, para pillar a los muchachos en la babia de su desconocimiento, apareciendo los maestros como los gurús del “gran conocimiento”, lo mismo para descifrar el secreto de los paralelepípedos que los entresijos de los complementos circunstanciales, pasando por las funciones vitales de los seres vivos, hasta el punto de que sólo vaya a interesar la disposición sumisa del alumnado para prestarse a “comprender” de qué coño va el maestro … hasta que pueda llegar el momento en el que el niño ya va enytendiendo de qué iba “el misterio” de la álgebra, de la ortografía, de los reactivos en la formulación química, por ejemplo, como cuando se hable de los verbos irregulares, como cuando se trata de descifrar la división con decimales … cuando, ¡zas!, nada por aquí, nada por allá!, nueva lección, y de nuevo a empezar de cero o casi, con lo adquirido y evaluado, cogido por los pelos y con un nueve o un tres. Y cada quien abrazado al éxito o derrengado bajo la frustración.
Hasta llegar al final de la enseñanza obligatoria con un porcentaje de fracaso escolar rayando el 50%.
Hace muchos años, recuerdo que un joven inspector de enseñanza me confió lo siguiente, precisamente, sobre la E.G.B.. Me comentaba que reflexionara sobre el acrónimo y su significado: Enseñanza General Básica. Es decir enseñanza, posibilidad y compromiso para enseñar, para mostrar, para guiar, para ofrecer, para ayudar a comprender … , General, a la inmensa mayoría, dentro del concepto de la universalidad, para todos, para la población infantil y adolescente en general, y Básica, es decir susceptible de ser entendida y asimilada por esa población juvenil que habrá de convertirse en adulta. Y me animaba a que no me alejara de ese espíritu.
Ya sabemos que luego se despreció, y se volcaron demasiados maestros en el prurito de elevarse sobre la medianía, sobre la universalidad de quienes, exactamente, más necesitan esa educación elemental.
Pero no, apetecía más dedicar los mayores esfuerzos en los buenos maestros, en los “excelentes”, mientraa se dejaba a su “suerte”, a su fracaso anunciado al resto, es decir a … “los últimos”, a quienes seguirán siendo siempre “los últimos, la moralla, la carne de cañón, los excluidos del sistema … los verdaderos sustentadores de un sistema podrido, capitalista, consumista, en el que el “analfabetismo” al cabo también es un valor “pingüe y rentable”.
“A fuerza de ejecutar las órdenes de quienes mandan en la escuela, el alumno se acaba convirtiendo en un profesional de la obediencia”.
Para que se crea “todos los cuentos”.
Hace 67 años se publicó “Cartas a una maestra”. Libro que yo descubrí, me lo pasaron en fotocopias, allá por el año 70, mientras yo estudiaba Magisterio. Y fue todo un descubrimiento, una apuesta aceptada, un órdago recibido y gratificante, a lo largo de toda mi carrera profesional, junto a cientos y cientos de niño, habiendo sentido siempre mayor debilidad por “los últimos”, por los más torpes, los más inadaptados, por quienes llegan a odiar a la escuela y a los maestros, por quienes no tienen referencias motivadoras en casa, por quienes solo aspiran a que termine la hora en clase, por ver si libra sin ser señalado, castigado, por quienes, con todo en contra, aún son capaces de remontar lo inimaginable, con una pequeña ayuda, a menudo con una palabra de ánimo, un reproche guardado para mejor ocasión, porque, al cabo, estamos tratando la fragilidad de las víctimas de un sistema que se vuelca con quienes se quedan atrás irremisiblemente.
En un mundo en el que solo cabe el éxito, mientras se manipula el fracaso, fagocitando la carne herida hasta hacerla picadillo y luego venderla, cómo no, en atractivas hamburguesas de “comida basura”.
“En la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la convicción de su nulidad se convierte en una presa”. Daniel Pennac.
Daniel Pennac fue “una nulidad”, incapaz de afrontar el problema de matemáticas más sencillo, y tuvo que esperar a llegar al Instituto para coincidir con un profesor que “confiara en él”, siquiera para animarle a que escribiera “lo que le apeteciera”. Desde entonces todo cambió y el antiguo “zoquete” llegó a convertirse en profesor de Enseñanza Secundaria y escritor de prestigio. Sin embargo, su madre, una venerable anciana, aún cree que su hijo “sabe muy poco de todo”, hasta tal punto había interiorizado el fracaso “evaluado” en la escuela, concienzudamente.
Y desde entonces, y curso a curso, la lección que supo regalarnos el padre, el maestro, Lorenzo Milani ha ocupado el frontispicio de mis inquietudes docentes, por ser maestro de “los últimos”, orgulloso y feliz cada vez que venían y vienen a saludar a su viejo maestro.

La brigadilla

La brigadilla de mantenimiento

Hay chavales que llegan al final de su vida escolar obligatoria odiando a conciencia a “¡la Escuela, maestro, puta escuela!”, es decir a los colegios e institutos por donde ha transcurrido su periplo académico, y de paso y con ganas a los maestros, a los conocidos y al resto, en general, sin cortarse, es decir a todos aquellos que han ido consagrando sus fracasos reincidentes, reflejados en su expediente académico, aunque juren y perjuren que “pasan”, por su nulo aprovechamiento en y de cientos y miles de horas pasadas en blanco, forzadas, sin enterarse de nada, sin aliciente alguno, escuchando a diario el rollo repetido, la consigna, el lema, el soniquete: “mal, muy mal, eres un vago, no te esfuerzas, me tienes harto, déjame en paz, a mí y a tus compañeros y, de paso a ver ¡si te atas los machos y te pones a trabajar que no te aguanta nadie y que te aguanten en casa!”; escuchándolo desde sus más cortas edades hasta su mocedad inestable. Con sentido de culpa propia o con todas las disculpas posibles, señalados por sus familias, marcados por el sistema, sujetos al mantra de que les tenían tenían manía, porque no se enteraba, la de que no les daba la gana, curso a curso, ahondando el abismo, descolgados de toda posibilidad de reengancharse, fracasados absolutos, responsables en parte, culpables a la postre, chavales hundidos, aunque disimulen, en su contrastada bajada a los infiernos de una baja autoestima desoladora, implacable, incapaz de asomar cualquier reivindicación positiva, aunque disimulen y aseguren que … guardan buenos recuerdos del colegio que les fue suspendiendo trimestre tras trimestre.
Ocultando, disimulando que no saben aquello que, … disimulan saber, aunque ellos lo negaban porque ¡para qué si eso no sirve para nada …!
Y eran muchos, son muchos, y ya han comenzado su bajada a la invisibilidad de los fracasados, como siempre, al menosprecio de sus habilidades y capacidades reducidas a su pericia por llamar la atención fuera de contexto, fuera del momento, a ir hacinando resquemor y mala uva, tras días, semanas, horas, cursos de tiempo perdido, obligados a medio componer la figura y atenerse al comportamiento exigido, hasta llegar a ser expertos en salidas de tono, en exabruptos que conciten castigos, rechazos, fracasos a la postre, personales y académicos … mientras se va asumiendo lo imposible de asimilar, el suspenso global y demoledor a su paso por la Escuela, por el Instituto … cuando aún sólo son unos mocosos, unos adolescentes, y ya se les da por perdidos, cuando ellos ya han interiorizado que “se han perdido en la nada del disimulo porque en realidad … no saben nada”.
Mi segundo destino, tras haber pasado cinco años en Aretxabaleta, en el corazón de la Guipuzcoa profunda, la de postal, muy de ¡qué verde era mi valle!, fue Abetxuko, un barrio obrero de Vitoria, gris, apelmazado, dormitorio, hacinado, alrededor de Forjas Alavesas, de aluvión, sufriendo la reconversión industrial de la época de Felipe González, en medio del cual se erigía un colegio de dos pisos, un colegio como si de un ombligo se tratara, en medio de la nada trabajadora aún por fundirse en una amalgama con algún sentido social y cultural, o remitiéndose a la pura supervivencia de una barrio y sus gentes por no dejarse desaparecer.
Allí estuve trabajando dos o tres cursos, en un ambiente urbano, de barrio, desintegrado, intentando atender a los hijos de los trabajadores que habían empezado a sufrir la “reconversión industrial”, con paro creciente, con desesperación airada, en un barrio de obreros fieros y desnortados, llegados de la emigración interior, poco inmersos en la nueva realidad norteña, vasca, y que ahora veían cómo sus expectativas de forjarse un futuro mejor se tambaleaban.
Y llegaban a la escuela los niños, por las mañanas, acompañados de sus madres embutidas en batas de guatiné y zapatillas de lana en chancletas, para dejarlos “aparcaos”, mientras eran recogidos, a su vez, por los maestros, en jornadas dobles, por intentar sacar algo de los críos, muchos de ellos, desubicados de la realidad pueblerina, de la que procedían y aún recordaban.
Yo impartía clase de Ciencias Sociales, a los mayores, la antigua Geografía e Historia, con mejor voluntad que acierto, seguro. Recuerdo que las clases estaban nutridas y casi no se cabía. En octavo yo llegué a tener 46 alumnos, los pupitres apenas se alejaban un máximo de 20 centímetros, y las filas llegaban desde la misma mesa del maestro hasta el fondo de la clase. En las tardes invernales la atmósfera se condensaba y engordaba, y las ventosidades infantiles de las pesadas digestiones de las legumbres cocidas y engullidas al mediodía hacían que casi se masticara el aire y que la calefacción llegara a producirnos un excedente de sudor maloliente en los sobacos, mientras se desgranaban ríos, paisajes y montañas, reconquistas, paleolíticos y descubrimientos revolucionarios, personajes, héroes, reyes y villanos, erosiones, climas y latitudes …
Mientras los críos rebullían y subían unos grados más la temperatura ambiental, esforzándose por hacer lo que se les iba indicando … con mayor o menor acierto, con interés o por pura inercia de alumnos aplicados.
Pero había quienes, ni a buenas ni a malas. Hacía ya unos cuantos cursos que habían desconectado y la posibilidad de que se reengancharan eran, sencillamente, inexistentes.
De media a decena entera, el caso es que había un grupo de niños que ya no se podía hacer carrera con ellos. O a esa conclusión habíamos llegado los maestros. Al menos si continuáramos empeñados en seguir impartiendo las clases al uso.
El colegio estaba atestado, los maestros contados, ni una sola aula quedaba libre o vacía y entonces …¿qué se nos pudo ocurrir?.
Pues entonces llegamos a la conclusión, algunos maestros, los de los mayores, los que creíamos que el corsé no lograba enderezar a ese grupo de niños … dejados a su declive imparabe, y que entonces tal vez sería buena idea crear “una brigadilla de mantenimiento”.
Enterados los niños, sus familias y de acuerdo con la dirección del Centro, todas las tardes, este grupo de muchachos abandonaba sus aulas y se incorporaba a “la brigadilla” para que, bajo la supervisión de un maestro, fuera “manteniendo” el colegio en buen estado … barriendo el patio, revisando y arreglando las persianas, rasando los desconchones, pintando las paredes, las puertas, ajustando las persianas, ordenando la biblioteca … con la mayor gravedad, por su parte, recobrando de alguna manera la autoestima que habían perdido, accediendo a cierto grado de responsabilidad que aceptaban sin remilgos, … acudiendo por las mañanas a las clases de las asignaturas instrumentales.
Para que al menos saliesen del colegio con las “cuatro reglas básicas” más o menos aprendidas, además de con el agradecido reconocimiento de quienes supimos dar realce e importancia a su aportación, aunque solamente por un periodo corto llegaron a ser importantes en el colegio que sólo buscaba desprenderse de ellos.
En cualquier caso probablemente eso hoy no hubiera sido consentido. ¿?, y quienes lo llevamos a cabo no estamos seguros si acertamos o no pero aún hoy recuerdo el cambio que sufrían tales niños, para bien naturalmente, al verse que no eran tan inservibles como se les había repetido cientos de veces.

Julito

“Sois el sentido de nuestro trabajo, la razón de nuestras vocaciones, lo que convierte algo más que en una rutina gris el ver pasar las nubes, los días, los cursos y las promociones”.

Julito llegó a mi clase en tercero. Julito era hiperactivo diagnosticado y medicado. Menudo, infatigable, naturalmente movido. Un día que no tomó “su medicina”, se le había olvidado a su mamá, Julito no pudo estar ni un solo segundo quieto, tranquilo. Era un tormento verle cómo no podía contenerse, aunque lo estuviese deseando.
Julito además carecía de tímpanos, de nacimiento, y necesitaba usar unos audífonos bastante sofistificados, con unos rueditas que él manejaba a una velocidad supersónica hasta acertar con el punto exacto de la audición deseada. También su vista era deficiente, muy deficiente y necesitaba usar unas gafas con unas lentes de muy elevada graduación.
Como decía su madre si se acerca un nubarrón seguro que descarga sobre “mi hijo”.
Pero Julito era muy trabajador, inteligente, y su interés por aprender era notabilísimo. Expansivo, exagerado, imparable en cuanto lograba enganchar a algún compañero al que pudiera contarle sin parar lo que fuera …
Julito tenía tendencia a interrumpirme, a preguntarme, a querer hacerlo todo lo mejor posible, solicitando ayuda constantemente. Sin duda, Julito era un torbellino y un vendaval de ganas de ser, de ganas de encontrar su hueco, su eco, entre sus compañeros, los mismos que, aunque le querían, trataban de “no dejarse pillar”, porque Julito a menudo resultaba “muy pesado”.
Julito fue un alumno excelente, trabajador, cumplidor, participativo y colaborador. Le tenía cerca de mí para escucharle en cuanto tuviera algo que preguntar, tratando de evitar que se alborotara por esa urgencia que le apremiaba a resolver cuanto se le planteara, con la urgencia de saberlo siempre con prisas, siempre sin saber esperar ni un segundo.
Recuerdo una ocasión en que coincidí con Julito y sus papás. Comenzamos a charlar cuando Julito empezó a querer intervenir, a contarnos lo que fuera, sin esperar, con la urgencia de su ansiedad un poco desatada, llamándonos la atención, para que le escucháramos, porque necesitaba contarnos, ya, lo que fuera a … contarnos.
Y entonces la mamá de Julito, tan enérgica como cariñosa intervino: ¡No, Julio, ahora no!, y Julito lo intentaba, y se iba poniendo más nervioso, porque él quería intervenir, ocupar el centro; pero la mamá no cedió: ¡He dicho que no, que ahora estamos hablando nosotros y tú tienes que esperar, luego nos lo cuentas!. Y Julito no se conformaba, y la mamá siguió sin ceder: ¡No, Julio, ahora no!.
Hasta que, al fin, Julito … cedió y refunfuñando calló y esperó su turno.Fue una extraordinaria lección de la mamá de Julito.
Años más tarde volví a ver a mi querido alumno Julito, hecho un mozo, al que por cierto le iban bastante bien las cosas.

Carla

Carla era una alumna ideal. Una niña trabajadora, aplicada, con su grupito de amiguitas de clase con las que se llevaba muy bien, para jugar en el recreo, para divertirse cuando tocara, para enfrascarse en el trabajo de clase cuando, asímismo, también cuando correspondiera, sin significarse ni para bien ni para mal, una niña enfín por muy cómoda de llevar y de enseñar.
Los papás de Carla también eran ideales. Médicos ambos, jóvenes, dedicados a la crianza de su encanto de hija. Interesados y preocupados no dejaban nada al azar, todo muy leído y estudiado, y aplicado con desapasionado cientifismo, o eso parecía. Pendientes de la formación de su niña y muy interesados en proporcionar a su hijita cuanto fuera a necesitar para que no le faltara de nada a su chiquilla, de unos nueve y diez añitos cuando la tuve de alumna, cuando era un encanto de alumna, tan dócil, tan esforzada, tan bien educada.
Carla llevaba todos los días para el recreo media manzana, en su mini tuper, y se comía la apreciada y nutritiva fruta con natural empeño, con obediente y dócil aplicación, como hacía con todo. No veía la tele, sus lecturas eran seleccionadas, sus intereses aparentemente muy inducidos, llevaba una vida “saludable” a tope, sus horarios de casa eran rígidos, su crianza se atenía, en consecuencia, al criterio estricto y bien pensado y organizado, sin duda de sus padres, y parecía que el resultado iba siendo óptimo.
Los días que se celebraban en clase el cumpleaños de algún compañerito, la costumbre era que los celebrantes trajeran un bizcocho de casa que habría que repartirse entre todos, justo antes de salir al recreo, razonablemente bien repartido, un cachito para cada uno.
El caso es que se ponían en fila, algunos pasaban y no querían y el resto se comía su trocito sin más aspavientos. Pero cuando llegaba a Carla el turno entonces la niña se transformaba, siempre pedía por si podía comer uno más, lo que conseguía con facilidad porque siempre sobraba alguno. La buena de Carla se los devoraba literalmente y corría a ponerse a la cola, de nuevo.
Y así cuando terminaba el reparto allí se encontraba la ansiosa Carla suspirando por los dos o tres trozos que siempre quedaban un poco desmigados. Y entonces Carla volvía a devorárselos. Era la única vez que venía descomponerse a la ejemplar Carla, tan ideal. Por lo visto la niña se moría por un trozo de “dulce”, algo que, por cierto, no probaba eb su casa.
Con mucha delicadeza se lo comenté a sus padres que se mostraron asépticamente extrañados por el comportamiento afanoso de su hija y no le dieron la mayor importancia. Ellos estaban seguros de que estaban haciendo lo mejor con y para su hija.
Y la niña siguió siendo una alumna ejemplar que sencillamente “perdía los papels” por un dulce, un chuche, un trocito de bizcocho , , , y esa actitud me hizo pensar. . . pero, claro, los responsables de su educación eran sus padres que supongo que lo estarían haciendo o … muy bien o … no tan bien.
Y me dio por pensar que tal vez las actitudes maximalistas, inamovibles, reacias a cualquie rdebilidad o cesión en los principios tomados y aplicados por encima de toda consideración práctica y real pueden llegar a ser ¿contraproducentes?.

Lolo y el billete

“Carne de yugo, ha nacido, más humillado que bello, con el cuello perseguido por el yugo para el cuello.
¿Quién salvará a este chiquillo menor que un grano de avena? ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena?”.
Miguel Hernández

Lolo tenía una mirada triste, profundamente triste, y una sonrisa amarga, demasiado amarga para su corta edad. Lolo era un niño de nueve añitos, de aspecto muy dickesiano, algo renegrido, bajito para su edad, tal vez algo desnutrido, de pelo negro, muy negro, mal cortado y despeinado. Vestido con ropillas pobres, Lolo mostraba un desaliño que hacía que a uno se le cayera el alma al contemplarle.
Lolo fue alumno mío, en mi primer o segundo año de trabajo de maestro.
Lolo venía al colegio, algunos días con las manos en los bolsillitos, otros días con un cuadernillo y un estuche con unas pocas pinturas y un lapicero roído. No daba guerra, ni trabajaba, ni molestaba, casi siempre andaba solo y era rehuído por el resto de sus compañeros.
Cuando me acercaba a él e intentaba ser amable, Lolo intentaba “defenderse”, poniéndose como de perfil, atento quizás a zafarse de un golpe, a protegerse de una paliz.
Con mucha paciencia Lolo fue haciendo algunas cosas de clase, asl menos parecía tranquilo, aunque de vez en cuando, en los recreos, se enzarzaba en alguna pelea, sin intentar nunca justificarse ni explicar la razón del rifirrafe.
Lolo era un niño “apestado”, puesto en la mira de la mayoría de mis compañeros maestros que le observaban, como si le temieran, para captar cualquier falta que echarle en cara.
Lolo era como un perrillo de mil leches, hijo del abandono, aunque sus padres, bastante mayores, hicieran como que le atendían. El padre, enfermo y borrachín, apenas balbucía exabruptos y excusas, la madre, chiquita y gastada, sacaba adelante la casa deslomándose fregando escaleras, casas ajenas, oficinas . . .
Pertenecían ambos a esa legión de emigrantes que habían llegado unos años antes de su tierra natal, Extremadura,  rural, injusta, atrasada a una Euzkadi, industrial, rica, atractiva . . . para intentar unas vidas nuevas, venturosas, distintas a la miseria conocida, alejadas de la ignorancia y el atraso secular . . . aunque no todos lo consiguieran, aunque resultó muy duro asentarse, integrarse, disfrutar de un presente y un futuro mása halagüeños.
Los padres de Lolo no lo habían conseguido y exhibían su fracaso, bebiendo más de la cuenta el padre, dejándose la salud y la vida, la madre, fregando suelos.
Lolo era, en cualquier caso, el espejo triste y descarnado de su bajada a los infiernos.
Un día, unas compañeras mías, maestras y personas de mala calaña, me propusieron una burda y sucia artimaña para “cazar” a Lolo, al que tenían tantas ganas.
Resulta que, cómo tras subir del recreo, Lolo casi siempre pedía ir al servicio, tal vez con la idea de prolongar un poco más el tiempo libre, me presentaron el plan que habían ideado.
Resultaría que ellas dejarían en el suelo, en el corto trayecto que iba de mi aula al servicio de niños, un billete de 100 pesetas, una gran fortuna para un niño de nueve años. Para que cuando yo le permitiese ir a hacer pipí Lolo cogiera el billete, y se lo guardara y mintiera cuando como lechuzas encarnizadas y malsanas le preguntasen si se había encontrado dinero. Solo habría que registrarle y desenmascararle y expulsarle …
Naturalmente yo me negué a participar en ese infame ardid y Lolo salió indemne, al menos aquella vez, de la celada que se había intentado cernir sobre él.
Al poco tiempo murió el padre de Lolo de un ataque, y la madre, ya viuda y vencida, regresó con su hijo a su aldea remota, con los suyos, para seguir, seguramente, haciendo de criada de lo que se terciara y le proporcionara un mínimo sustento.
De Lolo no volví a saber nada más.

Doña Margarita

Había puesto una escuela doña Margarita, maestra con o sin título, vaya uno a adivinarlo, en una lonja bajo la casa de vecinos donde yo vivía, de pequeño, de niño bueno y curioso, según me han contado, en un barrio del cenro de mi ciudad natal.
Una escuela humilde, sin pretensiones, de mesas y bancos corridos, con una pizarra parda frente a los niños y niñas que acudían a la Escuela de doña Margarita, abarrotada y solicitada la pequeña escuela de barrio céntrico, una escuelita de apaño anterior a la escolaridad normalizada que se iniciaría con el ingreso en el bachillerato a partir de los ocho añitos.
Y a ella me mandó mi madre, porque le pillaba tan cerca y porque tenía buena fama, y porque ya no pintaba nada todo el día en casa.
A ella pues, a la escuela de doña Margarita, señora espléndida, de gestualidad, verbo y porte muy rotundos, la maestra que no sé sí lo era o no, al menos con o sin título, acudí yo, más asustado, supongo, que otra cosa, muy formalito, con mi maleta de cartón duro, con mi flequillo recortadito, mi pantaloncito corto, muy corto, y mi jersecito de lana repasado en los codos, para ser colocado, lo recuerdo apenas entre evocaciones evanescentes, ni buenas ni malas, al principio o al final de un banco corrido, sin que me llegaran los pies al suelo, viéndome muy aplicadito sobre el pupitre de madera gastada, junto a otros compañeros, mayores que yo, empeñado en escribir con letra muy redondita, lo supongo también, aprendiendo a sumar o restar contando con los dedos, a escondidas.
También consigo “verme” en el recreo, mínimo, un patio de luces, de suelo de tierra, en el que prácticamente cabíamos todos los alumnos sin movernos mucho, esperando que pasara eltiempo del asueto para regresar a la tarea.
Poco más recuerdo, salvo que mi madre detectaba a diario manchas de aceite en mi pantalón, a la altura del culo, de aceite de lata de sardinas o eso creo recordar, sin que mi madre lograra que yo no apareciera cada día con el pantaloncito, a la altura del pompis, con las manchas de aceite de sardinas en lata, como si fueran nuevas o como si brotasen de nuevo.
Solo recuerdo a mi madre desesperada hasta el punto que terminara por borrarme y sacarme de la Escuela de doña Margarita. No recuerdo que apenara mucho dejar mi primera escuelita.

El Maestro Don Felipe

Había llegado don Felipe en los primeros años del siglo pasado a Fresno de Río Tirón, una aldea recóndita, a orillas de un río joven y serrano, a ejercer de maestro de escuela, a hacerse cargo de cerca de la centena de chiquillería del pueblo, mocosa, harapienta, atropellada, llena de mataduras y dientes mellados y rollidas desolladas, para intentar desasnarlos, siquiera para que aprendiesen a  leer y escribir, siquiera medianamente.
Don Felipe había llegado a Fresno sin pasado, embutido en su traje gastado, de semblante adusto, algo estirado, de genio pronto y voz que retumbaba más allá de las paredes desconchadas de la Escuela  para niños y niñas …
Y se quedó para siempre don Felipe en el pueblo al que había arribado con dos hijas adolescentes, la Irene y la Justa, mocitas también muy serias y aplicadas, y que le ayudaban a vigilar, cuidar y reñir a los más pequeños, mientras el padre y maestro intentaba organizar las tareas entre los mayores, aunque los cabezas duras abundasen y fuera poco más allá que imposible meterles alguna letra o número en sus molleras cerradas y cerriles.
Mi padre siempre recordó con reverencia a su maestro don Felipe como si de un sabio se tratara.
Parece ser que mi padre, hijo de labrador acomodado, y cuando era zagal y ya empezaba a salir con el rebaño de casa … acudía a casa de don Felipe, antes incluso de que amaneciera a recibir clases, bajo una bombilla que despedía una luz amarilla y macilenta, para ir desbrozando la incultura que asolaba a la mocería del pueblo, también a mi padre, para ver si fuera posible inculcarle “las cuatro reglas”, leer, escribir, cálculo … y problemas de regla de tres. Con esmerada caligrafía, en cuadernos que siempre conservó mi padre, como “oro en paño”, y que supusieron su bagaje indispensable para salir airoso de cuantos azares y avatares fueran ir pesentándole a aquel zagal que siendo pastor, desde los peñascales, arriba de las lomas que cercaban a la aldehuela, soñaba con qué otros horizontes pudiera haber más allá de la monotonía diaría al frente del rebaño e mansas ovejas pastando a su cuidado.

Sor Josefina y Sor Emilia

La bondad y el rigor

Recuerdo a las dos únicas monjas que nos atendieron, en mi paso por el colegio de Las monjas, apenas un curso, con las únicas con quienes tuvimos contacto “los niños” que acudíamos a su colegio: sor Josefina y sor Emilia.
Con ocho añitos por cumplir en diciembre, mi madre decidió que me vendría bien acudir a un colegio de renombre, de garantía, el colegio de “Las monjas”, antes de intentar cursar el “ingreso” de entonces, antes de iniciar el bachillerato, naturalmente, en el colegio de “Los frailes”.
Y así pues resultaba que la mayoría de los niños que luego pretenderíamos hacer el bachillerato, antes, el curso anterior, habíamos de pasar por el Colegio de la Sagrada Familia, el colegio de “Las Monjas”, destinado a formar a las niñas de la clase media según los objetivos y modos de la época.


Allí entonces conocí a sor Josefina y a sor Emilia, dos monjas de hábitos negros, toca blanca y sobrevelo negro también que se deslizaba por atrás y hacia abajo como un manto liviano, sedoso, casi transparente, muy elegante; con un rosario que les colgaba largo y oscuro de sus cintos de cuero. Dos monjas que quedaron grabados en mi memoria infantil; sor Josefina, rellenita y cariñosa, sor Emilia, estirada y grave. En realidad creo que era con las únicas que tratábamos los chicos, muy apartados del resto del alumnado, las niñas, naturalmente invisibles y alejadas de nuestras incipientes e inocentes miradas, pecaminosas según nos las suponían entonces.
Sor Josefina era una monja generosa en carnes, de mofletes sonrosados y semblante cercano y confiado. Creo recordar que era una monja que inspiraba e irradiaba bondad, de voz dulce y mirada tranquilizadora, con el tono suave y el verbo complaciente. No recuerdo haberla visto nunca enfadada, solícita con nuestras infantiles cuitas, feliz de tenernos cerca de su manteo acogedor. Cuando hicimos nuestra Primera Comunión, en la capilla del colegio, tan guapos y formales con nuestros hábitos de frailecillos blancos, con nuestras crucecitas de madera sobre el pecho, arremolinados como un inofensivo rebaño tras nuestra monja, sor Josefina. Recuerdo que tras la ceremonia las monjas nos habían preparado e invitado a un almuerzo de media mañana, de chocolate con bizcochos, tan pulcro como humilde, en la antesala de su refectorio, en la paz de su convento abierto aquel día a los muchachitos que acababan de recibir a su dios, por primera vez. Estábamos radiantes y algo sobrecogidos, y agradecimos la confianza y el reconfortante refrigerio. Recuerdo que entonces “había que recibir al buen Jesús” en ayunas. Puestos a la labor de dar buena cuenta del chocolate untado, acicalados con unos baberos que nos habían atado las monjitas al cuello, tan felices, íbamos recobrando fuerzas entre sorbos y bocaditos golosos. Entonces fue cuando sor Josefina, de uno en uno, fue dándonos un beso en la frente, tan delicadamente, con tanto afecto, con tanto cariño limpio y desprendido que resultó el instante más mágico, más inolvidable de aquella jornada, del “día más feliz de nuestras cortas existencias”.
Sor Emilia era distinta. Delgada, muy seria, de rasgos acentuados y mirada decidida, o eso creo recordar, una monja de armas tomar, sin duda, que jamás vacilaba, por cierto. De movimientos rápidos y voz fuerte, dominante, muy resuelta, con unas tijeras amenazadoras que le colgaban de su cintura, al otro lado del rosario, y que nos intimidaban, fijas nuestras imberbes miradas en esas tijeras muy afiladas. No sabíamos para o por qué las llevaba tan a mano pero era algo que nos tenía a todos sobrecogidos ante su presencia.
Tenía genio y era quien nos tenía a todos nosotros, pequeños y traviesos, en un puño. A su mirada, a su voz imperiosa sólo cabía la obediencia inmediata, la parálisis apabullada, y de verdad que no debía repetir mucho las cosas. La recuerdo muy derecha, muy tiesa, vigilándonos desde arriba de las escalinatas que daban al aula, atenta a nuestras carreras sobre el patio de tierra pisada, en nuestros recreos infantiles, bajo la vigilancia inexcusable de sor Emilia, apartada un poco sor Josefina con su sonrisa tranquilizadora.
En ese sentido soy capaz de rememorar especialmente un caso que explicaría mejor la determinación de sor Emilia para que no se le escapara nada.
Resultaba que llevábamos varios días oliendo a “caca” en el aula, a caca de niño, en abundancia, a peste hedionda y penetrante, sin que fuéramos capaces de descubrir su origen, tal vez porque el tufo se extendía al aire de las corrientes sin que se fijara, sin que acusara a nadie en particular.
Y así la infecta fragancia sobrevolaba la atmósfera de la clase sin que pudiéramos hacer nada por eliminar el olor a “mierda” infantil.
Hasta que sor Emilia decidió tomar el asunto con la intención imbatible de solucionarlo antes que tarde.
Por esa razón sor Emilia nos ordenó que nos inclináramos sobre nuestros pupitres, tapándonos los ojos, y que mantuviésamos un silencio sepulcral, sin movernos, sin mirar bajo ningún concepto, mientras ella iría llamándonos, de uno en uno, para colocarnos sobre sus rodillas, para tras bajarnos los pantalones comprobar qué culero estaría “cagao” y desenmascarara al cagón.
Y así lo descubrió, sin resquicio alguno a la duda, habiendo descubierto el pedazo de zurullo aplastado sobre la zona perineal del culero infantil, con la reserva de guardar el secreto del descubrimiento, a pesar de que casi al instante todos supiéramos de por vida quién era el compañero del ano suelto y flojo.
Nadie dijo nada, no hubo comentarios, ni bromas, ni acusaciones, como si todo hubiera sido algo así como el paso de una sombra que acabara de atravesar el aula, sin haberse dejado ver … aunque ya de por vida, cada vez que veíamos al niño “pillao” y todos sabíamos que era él, el compañero que se cagaba en clase de sor Emilia.

Lágrimas

Lágrimas de sal y agua
que corren mejillas abajo
hasta detenerse.

Lágrimas que son espejos,
espejos de sal y agua de pena
y también de alegría, a veces,
cuando la risa invita a llorar,
y llorar solo quiere borrar
la pena.

Lágrimas, cristalitos de luces
y brillos,
lágrimas que corren a dejarse
besar y abrazar,
tan sabrosas las lágrimas
de sal y agua . ..
dulce.